Hace
ya muchos años, cuando aún no era siquiera adolescente, por allá por el sur del
estado Monagas, zona del llano venezolano donde se cría y se siembra en los
fondos de las casas; me llamó la atención una conversación que tenían unos
primos de mayor edad. La curiosidad me llevó a pedirles que volvieran a narrar
lo que había sucedido.
Uno
de los primos contó lo siguiente: Mientras dormía en la noche escuchaba una
bulla entre los chivos de alguno de los vecinos cercanos. El alboroto de los
animales era tal que le molestaba. A pesar del fastidio que le generaba el
ruido del tropel de los animales trataba de conciliar el sueño pero no le era
posible. Él estaba seguro que eran chivos, pero el sonido característico de
estos caprinos le resultaba algo distinto de lo normal, sonaba como si a uno de
esos chivos lo estuvieran extrangulando, por lo que se levantó para mirar por
la ventana del cuarto donde se encontraba. Al abrir la ventana en cuestión, lo
que vio lo dejó perplejo. Observó por el camino de tierra adyacente a la casa
un animal tipo centauro que él describió de la cintura para abajo efectivamente
como una cabra o un chivo, pero de la cintura hacia arriba un demonio o el
mismísimo diablo; el cual vio pasando mientras iba dejando una estela de polvo
y candela. Cuando el ente pasó y desapareció en la oscuridad, de la lejanía un
viento fuerte, fuera de lo común, regresó de la dirección de donde desapareció
el animal. Tan violento fue el viento que al entrar por la ventana lo sacudió
contra la pared opuesta, dejándolo por un momento prácticamente inmóvil.
Por
años esta historia quedó grabada en mi memoria. No dudaba de la veracidad de
los hechos, porque es común que estos eventos ocurran en el llano venezolano;
sin embargo, muchos años después yo mismo tuve una experiencia con esta cosa
pero jamás pensé que hubiera podido ser en plena ciudad.
Estas
experiencias me han llevado a preguntarme por años si realmente son entes demoníacos o individuos que atraviesan mundos paralelos al nuestro.

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