Mi padre es oriundo de la zona
llanera de Venezuela. Cuenta que para ir al colegio recorría kilómetros de
caminos polvorientos con sus alpargatas y el cuadernito bajo el brazo. Al
regresar de la escuela casi no había tiempo para jugar, porque desde pequeño se
trabajaba la tierra y se cuidaban los animales; tareas que les encomendaba mi
abuelo.
Llegada la edad de la adolescencia
trajo consigo el enamoramiento juvenil. Igual que para ir a la escuela para
visitar a las novias debía caminar grandes distancias por veredas de tierra y
monte. En una ocasión, tuvo un romance con una chica y las visitas duraban
hasta entrada la noche. Mi abuela empezó a advertirle que no era bueno que se
regresara a casa tan tarde, cosa a la cual no le prestó la más mínima atención;
como el típico joven a su edad. Por un tiempo así transcurrieron las visitas
del pretendiente padre mío hasta que su suerte cambió una noche de regreso a su
hogar. Justo por una vereda de monte su cuerpo se espeluznó y supo que algo iba
a pasar. Sintió una presencia cercana a él, como que alguien caminara a su
lado, hasta que le silbaron en el oído; un silbido que según cuenta le llegó
hasta los mismos huesos. No lo pensó dos veces y corrió, corrió con todas las
fuerzas y energías que su miedo le motivaba. El camino se le hizo eterno hasta
que por fin vislumbró su casa. Llegó a la puerta, tocó como si lo perseguía no
sabía qué y antes que mi abuela pudiera abrir la puerta se desmayó.
Se
acordó de las advertencias de mi abuela y el acontecimiento lo obligó a no
volver a desoírlas, porque entendió que el Ánima Sola deambulaba por esos
parajes.

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